Hoy he sentido deseos de ver hasta dónde puedo llegar con mi profesor de aquagym, liberar lo PUTA que soy con él.
Apenas llegué a clase, se acercó
a saludarme y a decirme que hacía mucho tiempo que no me veía. Durante la
sesión notó mi dolor lumbar, y apenas salí de la piscina me dijo, con una
seguridad que me encendió, que necesito unos buenos masajes. Me miró fijamente
y dijo: "¿Qué haces mañana a las seis?". Me encantó esa
pregunta tan directa. Verlo tan seguro de sí mismo... Me vuelve loca la
seguridad y determinación de un hombre cuando va a por mí.
Como estaré con mi prima, que
llegó hoy a Madrid, tuve que frenar el impulso y decirle que mejor otro día. Y,
con resignación, me dijo que no podría porque se va a Londres el viernes.
Quedamos en que sería para otra ocasión. Sin embargo, me quedé pensando en sus
manos, en sus masajes; siento que serían increíblemente relajantes y excitantes
a la vez. Me fascina la idea de que mi profesor toque mi cuerpo, que lo recorra
para aliviar mi tensión... y no pude evitar fantasear con la idea de si mi
profesor se atrevería a ir más allá. Mi cuerpo vibra solo de pensarlo. Quiero
vivir ese masaje placentero, cerrar los ojos y simplemente dejarme ir. Imagino
sus manos presionando los puntos exactos para calmar mi dolor lumbar, deslizándose
por toda mi espalda, mis caderas, mis piernas... Me excita pensar en el momento
en que sus manos dejen de ser puramente terapéuticas y comiencen a buscar mi
placer, haciéndome gemir de alivio y deseo. Lo deseo comprobar, sin falta, cuando
regrese.
Luego salí a pasear por el centro
de Madrid con mi juguete en el culo, experimentando el placer absoluto de
caminar sintiendo cómo me amplia por dentro. El roce continuo me hace sentir
más PUTA, más libre y abierta a disfrutar mi zorrería.
Fui con mi prima a un
restaurante; junto a nuestra mesa había tres hombres. Uno de ellos me miraba,
lo sentía. Me miró mientras yo hablaba con el camarero explicándole al detalle
el trago que quería mi prima, y luego cuando hablábamos de nuestros planes para
sus días en la ciudad. Al levantarme para ir al baño, mientras esperaba unos
segundos mi turno, giré y me lo encontré de frente. Con toda la soltura me
dijo: "Veo que eres una buena anfitriona. Disculpa la intromisión, pero
me encantó cómo te desvivías por explicar lo que quería tu prima; me encantaría
tener a alguien que me reciba así, con tanta dedicación". Le sostuve
la mirada, le sonreí y le dije: "Eso es solo una mínima muestra de la
entrega que soy capaz de dar". Y así, regresé a la mesa y, a pesar de
estar sentada con mi familia, aquel hombre y yo continuamos comunicándonos y sonriéndonos
con las miradas el resto de la noche. Me fascina ese juego secreto a espaldas
de todos.
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