Adoro sentir mi coño lleno. Lo deseo y lo disfruto al máximo. Hoy fui al ginecólogo y sentí claramente las dos ocasiones en las que aquel hombre introdujo sus instrumentos para evaluarme. Me encantó evocar la fantasía de ser examinada por su polla. Una vez más, mi naturaleza ardiente quedó en evidencia. Me preguntó si tenía relaciones y pareja, y tras unos segundos de silencio, recalcó: «¿Estable?». Fue brutal. Lo percibió… intuyó la cantidad de hombres que poseo y lo zorra que soy.
Hoy fue un día lleno de
evaluaciones. Primero el ginecólogo y luego mi Amo, quien corroboró si el nuevo
pepino que elegí entraba bien en mi coño. ¡Vaya si lo hizo! Esta vez encontré
uno más grande, justo lo que buscaba y deseaba. Mi Amo me permitió probarlo por
unos minutos y fue delicioso. ¡Ha entrado tan bien! Y lo he olido y saboreado
impregnado de mis jugos… simplemente, exquisito.
Mi Amo me da placer
constantemente. Además de regalarme una espectacular follada con el pepino, me
regaló una fantasía: una escena donde estábamos mi Amo, otra mujer y yo.
Mientras él me ordenaba comerme el coño de aquella mujer, le preguntaba si lo
estaba haciendo bien y me exigía que lo hiciese de forma excelente, sabiendo lo
zorra que soy. Mientras tanto, hundía mi palo tan adentro de mi coño, como me
encanta. A la vez, me advirtió enérgicamente que no quería ninguna queja de la
mujer a quien estaba comiéndole el coño; de lo contrario, se desharía de mi
preciado objeto de placer, de mi palo, lo cual no me podía permitir. Escuchar
que podría quedarme sin el palo activó mi instinto protector sobre lo mío,
sobre aquello que me da placer, y empecé a comer el coño de esa mujer
deliciosamente, sintiendo todo su flujo en mi boca y en mi rostro, mientras
ella se corría de placer. Fue brutal.
Hoy mis planes no salieron como
esperaba: no pude disfrutar de los 30 minutos espectaculares de motivación
extra que ansiaba con mi pepino antes de salir a zorrear. Sin embargo, eso no
alteró mi intención de expresar mi identidad. Bajo las luces de las farolas de
mi barrio y los escaparates alumbrando las calles, busqué un lugar donde dejar
mi marca, un sitio con un significado especial, como una perra que reclama su
territorio.
Con la frustración de no haberme
complacido antes, entré en un portal y empecé a meterme profundamente los
dedos. Sentía pasos que se acercaban; la idea de saberme expuesta en la noche,
quizás observada desde las ventanas de los edificios ofreciendo semejante
espectáculo, me resultó sumamente excitante. Seguí mi camino y luego lo supe:
encontré el lugar perfecto para dejar mi huella. Elegí un banco, me senté, abrí
las piernas, hundí mis dedos y los saboreé completamente empapados.
Ese fue el preámbulo para
escribir: «Soy una grandísima puta 24/7», sellando cada letra con el barniz
húmedo de mi propio flujo. Me chorreé tantísimo que mi delicioso fluido
alcanzaba para cubrir cada letra. Todo esto ocurrió bajo la mirada de un hombre
que fumaba en la esquina. Al notar lo que hacía, apagó el cigarrillo y cruzó
hacia mi acera. Caminaba mirando su móvil, pero levantaba la vista hacia mí una
y otra vez a medida que se acercaba.
Más tarde, al volver a casa, me
lo encontré esperando el ascensor. Es un hombre que mañana irá a leer lo que
escribí en ese banco y ratificará que en su mismo edificio tiene de vecina a
una grandísima PUTA. Y así dejé mi marca. No quedó oculta en el respaldo de
aquel banco; está justo en el asiento para que cualquiera, al sentarse y bajar
la mirada, la lea. Quiero que los hombres sepan que en ese mismo sitio estuvo
una grandísima PUTA a quien pudieron follarse ahí mismo, y que las mujeres que
compartan mi zorrería sientan mi energía y enciendan la suya.

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