Hoy me desperté con una misión clara: recoger mis nuevos AirPods en la tienda oficial. No los necesitaba con urgencia; lo que realmente me urgía era presenciar el impacto de la entrega. Armé mi vestimenta para la ocasión: un vestido escotado, tacones altos y esa seguridad más la naturalidad que se siente en cada paso.
El universo, que opera perfectamente, puso a un hombre a
atenderme. Él era la amabilidad personificada. Buscó el paquete en el sistema y
me lo entregó. Claramente, eso no quedaría en una simple y aburrida formalidad
de entrega; la escena debía prolongarse para jugar.
Jugando el juego de la vulnerabilidad de una clienta mujer,
lo miré con una mezcla de confusión e inocencia y le dije: «¿Podrías
ayudarme a enlazarlos con mi móvil?». Al abrir la caja, la lámina
traslúcida de protección apenas dejaba ver lo escrito. Sin embargo, él, muy
observador, comentó de inmediato: «¿Los has grabado? ¡Qué bien!».
«Sí», respondí con mucha naturalidad, «llevan mi
nombre. Si se me vuelven a perder, los reconoceré al instante». Mientras
retiraba el plástico de los AirPods, le volví a pedir apoyo con la tecnología: «Mejor
enlázalos tú y yo aprendo». Y así le entregué el estuche de mis AirPods.
En ese objeto tan blanco, pulcro y minimalista, resaltaban
ocho letras gigantes, potentes, escogidas con mi Amo: un golpe directo al
pudor. «PUTÍSIMA». El contraste fue instantáneo. Ver sus dedos sosteniendo esa
marca tan poderosa, esa marca deliberada, me provocó una oleada de poder en mi
interior.
Decidí estirar más ese momento; deseaba que sostenga por más
tiempo en sus manos mi nueva marca de zorra, y le pedí que por favor borrara
los dispositivos anteriores enlazados a mi móvil. Él obedeció, manteniendo el
estuche entre sus manos con una sonrisa contenida, una mezcla de desconcierto y
fascinación por la PUTA que tenía delante.
Le sostuve la mirada y le dije: «Es que debo cuidarlos
bien. Además, si me los vuelven a robar, dudo que el ladrón —menos si es una
ladrona— se identifique con ese nombre». Y seguí: «Dime sinceramente,
porque es lo más importante: si tú te los encuentras en la calle, ¿sabrás a
quién pertenecen?».
Ahí sonrió y asintió con la cabeza mientras sonreía. Y luego
de unos segundos, soltó: «Claro que sí, y te los devolvería». Ya el
ambiente era puramente cómplice.
Luego le pregunté: «¿Puedo cambiar el nombre de mis AirPods
en la pantalla?». Me mostró cómo hacerlo, y cuando vimos que el móvil los había
nombrado automáticamente con mi nombre, lo miré y le dije: «Mejor ponemos mi
nombre real, ¿no crees?». Su respuesta fue simplemente una genialidad: «El
que expresa tu esencia». Soltamos una carcajada; lo había entendido todo.
Y así salí a la calle con mucha energía, feliz de llevar
conmigo otra marca que le grita al mundo quién soy. Caminar hoy por el centro
de Madrid fue hermoso: mis AirPods nuevos proclamando «PUTÍSIMA» en ese estuche
blanco tan puro y tan pulcro. Me encanta apropiarme de las palabras, adoro
impactar con elegancia, pero sobre todo adoro ser yo.

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